
Ignoro si alguno de mis lectores llegó a enterarse entre tanta noticia "futbolera", pero, hace menos de dos semanas, nuestra selección masculina de balonmano cosechó
la segunda medalla de su historia en los Mundiales de este deporte. Más concretamente, los Sterbik, Entrerríos, Aguinagalde y compañía se hicieron con un notable bronce ante los anfitriones del torneo, Suecia, en una final de consolación sencillamente épica, y que aquí tenéis convenientemente resumida:
Y ahora os preguntaréis: "Alberto, con lo que te gusta el deporte, ¿cómo es que no has escrito nada de esta gesta hasta ahora?" Muy simple: porque ansiaba ilustrar este éxito con una imagen realmente emocionante, que me llegó al alma por su sentimiento y su hermosura. Una instantánea que no había conseguido hasta hoy mismo y que me alegra compartir con todos vosotros. Me refiero, como no podía ser de otro modo, a esta fotografía:

La familia Entrerríos, un emblema de nuestro balonmano, quedó huérfana de madre a finales del pasado mes de diciembre. Alberto y Raúl, en un gesto que les honra, se sobrepusieron al dolor y decidieron concentrarse con la selección, con un único objetivo en sus mentes: dedicarle una medalla mundialista a la mujer que les dio la vida, y que tan pronto se les ha marchado. Y, en cuanto Suecia cayó a sus pies, los dos hermanos corrieron a la grada a abrazarse con su padre y sus mujeres, cumpliendo con cada lágrima, cada beso, cada caricia, la promesa que se hicieron a principios de año, cuando nadie confiaba en que nuestro combinado sacara algo de provecho de tierras nórdicas.
Hoy no sólo quiero homenajear a un gran equipo, capaz de hacerme sufrir y disfrutar al mismo tiempo (en buena medida, gracias a su colosal defensa); sino que también quiero reconocer el espíritu de los Entrerríos, unos deportistas que no serán mediáticos ni archiconocidos, pero que se merecen tantos honores como los que han recibido Rafa Nadal o Vicente del Bosque hoy en Abu Dabi. ¡Muchas gracias por todo, muchachos! Vuestro bronce sabe más que nunca a oro.